Un día al despertar, descubres que esa mañana necesitas buscar un lugar solitario, un paisaje que te abrace y en el que caminar lento, muy lento para poder dejar atrás los pensamientos y quedarte vestido tan solo de emociones, de sensaciones limpias. Un espacio para habitar en soledad y permitirte ese grito interno que, tal vez, hace demasiado tiempo que no te permites escuchar. Entonces te viene a la memoria ese paseo que ya casi es habitual y que tantas y tantas veces ha servido para dejar caer alguna que otra careta, de algún que otro disfraz. Y te lanzas a la aventura de lo que pueda pasar, de lo que cada instante te depare, dispuesto a aceptar escuchar la voz de ese amigo que siempre camina contigo en silencio y sin presencia alguna.
